domingo, 21 de abril de 2013

Nunca tuve tiempo


P. Modesto Lule







Hace muchos años cuando vivía en Estados Unidos de Norte América, recibí una carta de mi abuelita. Junto a la carta recibí una hoja escrita a máquina. El escrito no era de ella, le había llegado y me lo compartía. Me gustó tanto, me impacto, me sacudió totalmente. No lo leí una vez, fueron muchas. Lo aprendí y lo hice una oración que desde hace mucho la reflexiono y la elevo a Dios para que no me suceda lo que dice la historia. Hoy se las comparto de forma escrita y en audio.




NUNCA TUVE TIEMPO


Me hinque a orar, pero no por mucho tiempo. Tenía muchas cosas que hacer, "eso no es para mí", "no puedo perder el tiempo", "me tengo que apurar, pues muchas cosas hay que terminar". Y mientras decía una oración apurada, salía corriendo.

Mi deber cristiano estaba hecho, mi alma podía estar tranquila, pues el domingo había ido a la iglesia.

Durante el día no tuve tiempo de decir una palabra de alegría, no tuve tiempo de hablar de Cristo a mi amigo, pues temía que se riera de mí.

Demasiadas cosas que hacer; esa era mi exclamación constante: no tengo tiempo, no tengo tiempo...

No tengo tiempo para formarme, no tengo tiempo para darme a los demás, y sin darme cuenta, se acabó el tiempo.

Me llego el tiempo de morir, y cuando ante el Señor me presente, me esperaba de pie; en su mano un libro tenía, era el libro de la vida.

Miro con tristeza en él y me dijo: tu nombre no pude encontrar, alguna vez lo iba a escribir, pero nunca tuve tiempo.





Hasta la próxima.


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